Persiguiendo siempre las ganas de simplificar nos dedicamos a poner etiquetas a todo lo que hacemos, y el mundo de la fotografía no es una excepción. Fotografía de paisaje, de retrato, de arquitectura, etc… No es algo malo por sí mismo, pero etiquetar una práctica de la fotografía no debería ser una manera de limitarla, no deberíamos ponernos fronteras, y mucho menos si esos límites son técnicos, si dependen de una característica física de nuestra cámara.
¿A qué me refiero? A la definición clásica de macrofotografía como aquella en que el objeto representado tiene la misma medida en la realidad que la medida en que se representa en el sensor de nuestra cámara, o en la película (para los nostálgicos que la siguen utilizando o para los muy modernos que siguen la moda actual de disparar en película).
Por poner un ejemplo, si disparamos con una cámara equipada con un sensor full frame (cuyas medidas son 24mmx36mm) un insecto que casualmente midiera exactamente 36mm debería ocupar todo el ancho de nuestra fotografía para ser considerada una fotografía macro. Eso lo expresamos también como 1X. Si el bichejo midiera 18mm, debería ocupar la mitad del ancho de nuestro sensor (la mitad del sensor, gracias a la diosa de la pereza matemática es casualmente 18mm). Tocará un día hacer una entrada sobre los tamaños del sensor y cómo afectan a nuestras fotografías.
Es verdad que hay que hablar con propiedad, pero no creo que el objetivo de nuestra afición sea el de ir midiendo insectos o flores para después comprobar que parte de nuestro sensor han ocupado en la fotografía que le hemos hecho. Así que en esta casa nos referiremos a la macrofotografía como toda fotografía de algo pequeño que se ve grande sin utilizar un teleobjetivo. Si es pequeño, se ve grande y no es un pájaro seguramente será macrofotografía.
Vivimos en una época marcada por la velocidad. Caminamos deprisa, consumimos imágenes de forma instantánea y rara vez nos detenemos a contemplar aquello que nos rodea. Sin embargo, la naturaleza sigue ofreciendo espectáculos extraordinarios a quien decide dedicarle tiempo. Una simple flor, una gota de rocío suspendida sobre una hoja o las delicadas estructuras de las alas de un insecto pueden revelar una complejidad y una belleza sorprendentes. La macrofotografía tiene la capacidad de acercarnos a ese universo oculto y mostrarnos una realidad que normalmente escapa a nuestra mirada.
La macrofotografía, la fotografía de aproximación, tiene mucho de eso: la observación atenta de la naturaleza y el deseo de compartir la belleza que se esconde en los detalles más pequeños. Esa sería la mirada macro.